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Nada es más abstracto que una palabra, pero si ella delira, existe.

Actualizado: 6 de abr de 2020

UN ENSAYO sobre la palabra en la muestra "Textos y Objetos", de Guillermo Daghero.


por jean palavicini


Imagen cedida por el artista.




VI - RETRATO CASI BORRADO EN EL CUAL SE PUEDE VER PERFECTAMENTE NADA Cuando el ser humano se torna coisal — se corrompen en él los canales comunes del entendimiento. Un subtexto se aloja. Se instala una agramaticalidad casi insana, que empoema el sentido de las palabras. Aflora un lenguaje de defloramientos, un inaugurar de hablas. Cosa tan vieja como andar a pata esos delirios del decir. Manoel de Barros


En la muestra "Textos y objetos" de Guillermo Daghero (Abril-Mayo de 2018) en el Museo Provincial Emilio Caraffa, encontramos una búsqueda exhaustiva por elementos fundadores del lenguaje, fundadores como aquellas palabras antiguas de las cuales ya perdemos noticia y que eran pura concretud, presencia e isomorfia, palabras del tiempo en que el mundo todavía no conocía la representación o la división entre signo y objeto. Lo que nos hace sentir los rumores y resonancias antiguas, de algo que pudiera ser la voz de un Mallarmé, cuando decía que la palabra-nombre saca un gran pedazo del sabor de la cosa misma, o de los poetas brasileños Campos y Pignatari.

Nada es más abstracto que una palabra, así leemos en una de las obras. Pero si la palabra delira, ahí se encuentra en estado de celo, lenguaje instituyente, como nos diría Merleau-Ponty o el poeta Manoel de Barros al develar su poética como intento de hacer que la palabra delire. En ese sentido, no se trataría de una búsqueda del origen como algo que ha quedado en un más allá atemporal, sino del poder vivo y dinámico del lenguaje en recrearse. Llevar palabras o letras ya existentes a pasear por las veredas de la indeterminación, por una suerte de vacío o de laguna (referencial), alejándose de lo institucionalizado o de los sentidos unívocos, para rescatar la posibilidad de una habla hablante, equívoca, creadora de nuevos signos y significancias. A razón de eso, hablamos de un carácter inaugural, como una fuerza que abre la posibilidad de una percepción y lectura renovada, o , simplemente, de una actualización del lenguaje en una palabra-cuerpo dotada de carne y extensión.

La palabra, cualquiera sea, en su dimensión denotativa o referencial, siempre tendrá en su sonido o en su grafismo una corporalidad, sí, pero como nos dijo San Agustín en su tratado sobre el lenguaje, lo tiene como un caparazón o armadura vacía. En vez de una significación o de una imagen estática del pensamiento, vemos en esta muestra como nuevas palabras y palabras antiguas se rearticulan entre sí y con el papel, abriendo margen para un flujo de renovadas imágenes y diálogos entre los soportes. En esa dialéctica del material, entre espacio pictórico y espacio literario veríamos también la pulsión de deseos todavía sin nombre. Amor, amor, amor, nadie vive adentro de la palabra amor, quería hacer un objeto, una casa para abrigar la palabra amor, viciada por el uso que la dejó vacía, una casa que hiciera sombra, contacto y tuviera su propio olor ( parafraseando el "Libro sobre nada" de Manoel de Barros).

Conforme recorremos las dos salas y el corredor que abriga las obras, asistimos a un intento de fragmentación del objeto sometido por la palabra o por el lenguaje denotativo, sometido por ese más allá que sería su significado. En esa especie de suprematismo lingüístico a la Malévich, los materiales asoman en medio del silencio objetual, incluso en el espacio de la palabra tachada, callada, donde la denotación de su significado se oblitera para la aparición de un gesto significante (de tachar), dando voz a la existencia del lenguaje o pura y simplemente de la forma. Operación que se utiliza del discurso para reiterar la dimensión carnal de su significancia. Donde, con ojos del arte de la representación-retiniana buscaríamos el objeto o el sentido, encontramos una cosa misma, para no decir la cosa en sí, sus características materiales, color, textura y sonido. Aquí es donde descansaría el objeto y las cosas, desde las sillas hasta los nombres, dejándolos por instantes descansar de nuestras demandas y de nuestros sistemas de sumisión-acaparación, en un posible ejercicio de eso que Maurice Blanchot llamaría de nuestra tarea de morir, de hacer morir el yo dominador, juez eficaz, para simplemente ser con, conmoverse y ser partícipe.

De cierta forma, este texto no es mío y tampoco del artista. Es una especie de negación de todo lo que está en la muestra.

Operaciones de dislocamiento atraviesan las obras. Es allí donde podríamos pensar en el concepto de migración, tanto de imágenes cómo también de lenguas y lenguajes. Las referencias del artista, como él mismo nos dijo en una charla con la curadora de la muestra, serían varias. Además de las referencias "reales", como las de Antonin Artaud, Mallarmé y Duchamp, de las cuales muchas de sus obras se desdoblan formalmente; estarían otras, referencias que actuarían de forma fastasmática, presencias que le habitan desde una infancia remota, como carteles e inscripciones que ha visto o registrado en la ciudad de su niñez y que se encuentran, migrando y transmutándose, en parte de las piezas. Migración de objetos de la familia que fueron traídos al espacio expositivo como elementos develadores del itinerario simbólico del artista. Y claro, la migración constante entre espacio pictórico y espacio literario, pasaporte del poeta experimental en su transcurso creador.


Imagen cedida por el artista.

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